Artículos de Opinión

(Relato de Lago)

Fue en el velorio del poeta Alberto Rojas Jiménez. Recuerdo que llovía esa noche como nunca en ningún invierno de Santiago. Estábamos en una casa al fondo de la Quinta Normal, donde vivía su familia. Queríamos mucho a ese muchacho de carácter un poco infantil, pero siempre lleno de fantasía, mezcla contradictoria de audacia y buenas maneras. Como ya lo he dicho, llovía a cántaros; los ríos y acequias estaban desbordados. Un grupo heterogéneo de personas, intelectuales en su mayoría, estábamos silenciosos y afligidos, con los ojos húmedos por el triste suceso, sintiendo caer el agua sobre el techo. De pronto, alguien me tocó el hombro.

- Preguntan por ti, me dijo.

Voy a la puerta y un hombre extraño, alto, flaco, de largo abrigo que le llega hasta los pies me estrecha la mano llamándome por mi nombre.

Comprendo, es un amigo en común. Me pareció conocerlo y lo hice pasar. Mira amablemente a ambos lados del tumulto y me dice:

- ¿Tiene una silla?

Viene cansado y aterido, pienso. ¡Pobre!. Busco una silla y se la ofrezco. Me mira con cordialidad y comprensión. Pone la silla al lado del ataúd, me toca el brazo y apenado me pide con voz trémula que le sostenga con fuerza una mano mientras se trepa encima del muerto, sin sacarse el abrigo estilado en lluvia. Todos los circunsantes estaban estupefactos. Luego, a horcajadas, sosteniendo aún mi mano, estira la otra pierna y la pasa sobre el cuerpo, bajando por el otro lado, con cara de onda satisfacción.

- Pero qué ha hecho usted - le pregunté con voz semi ahogada, pero iracunda, apenas repuesto de lo que veía.

- Bah, contesta con indiferencia. Tu crees que este es el primer muerto que yo salto. ¡Ah, no señor!, agrega con energía: he saltado obispos, a un diputado demócrata...
Retirándose con los ojos llenos de reproche me espeta:

- A un general en retiro, también... ¿Porqué no iba a salvar a este, que es mi amigo y un gran poeta?.

Nunca mas he vuelto a ver a ese hombre, a quien me parece sin embargo que conozco y que desapareció esa noche en medio de la confusión.

 

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Este contenido es parte de los manuscritos del libro Puelche, que María Lefebre preparaba antes de su partida.

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