Artículos de Opinión

Enríque Lafourcade

 

Poco o nada sé de María Lefebre. Creo haberla divisado, de lejos. Y por lo menos en dos oportunidades estuvimos listos para "Ir donde María", pero algo ocurrió. Ella vivía frente al Parque Forestal en un subterráneo. Tenía once hijos. Echaba las cartas con un naipe de su invención. Mantenía una tertulia literaria a la que solían llegar: Teófilo Cid, Víctor Sánchez Ogaz, Manolo Rueda, Ramoné Reyna, Carlos de Rokha, Germán Montero, Israel Roa, Vicente Peredo. Era adivina de brasero y mate. El subterráneo no tenía muebles, aunque sí una enorme olla de hierro. Las visitas, a veces, traían algunas provisiones. Todo lo comestible, a la olla. María solía ir por el vecindario a buscar víveres. Tenía amigos en todas partes, y con un puñadito de arroz aquí y una rama de perejil allá, y esas patas de gallina, o esas cabezas de pescado... en fin, los guisos que salían de la olla mantuvieron a más de dos generaciones de poetas.

Manolo Rueda -hoy director del Conservatorio de Música de Santo Domingo y eminente pianista- recordaba en Puerto Rico (donde le vi la última vez) los condumios de María. Solía cantar allí, aunque Manolo se negó siempre a aprender las letras de las canciones. En vez, entonaba la música señalando las notas, así: "¡Do, mi! ¡Mi, sol, fa! ¡Mi, miii... !" En sus varios varios años de bohemia y destierro santiaguino, Rueda sobrevivió en buena parte gracias a esta misteriosa mujer medio poetisa, medio quiromántica, medio hombre, medio mamá, medio abuelita, siempre tierna y bondadosa, amiga de bandidos y policías, de sacerdotes y pecadores: María, que, dicen los cronistas, "bailó una cueca con Arturo Alessandri, jugó ajedrez con Monseñor Caro, fue amiga de El Torito y de Roberto Haebig".

 

ANIMALES LITERARIOS CHILENOS:

Autor: Enrique Lafourcade. Editorial Sudamericana. 1996.

 

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