Artículos de Opinión

Aníbal Campos Parra, más conocido con el nombre de “Holiken” (Oly Kemps), fue la primera persona que hizo strip tease en plena calle y de bar en bar.

Holiken destacaba en varias facetas del arte, escultura, pintura, a mí lo que me gustaba eran sus tallados en madera. Admiraba a ese hombre que con sus rudas manos y un cuchillo cualquiera daba forma y vida a un trozo de madera. Su especialidad era el simpático roto chileno, en todos sus aspectos “curaditos” portando damajuanas, “empinando el codo”, durmiendo sus borracheras afirmado en el mesón de algún bar o simplemente borrachos. Esa era su perdición. Al irse compenetrando en la embriaguez de su obra, sonreía, acariciaba la madera, le brillaban los ojos y le iba entrando una sed inmensa... Terminaba su trabajo con apresuramiento, como hipnotizado, y rápido, muy rápido, encaminaba sus pasos hacia el bar más cercano, vendiendo sus tallados en unos miserables pesos.

En una ocasión, hace 20 años, sufrió su primer ataque nervioso, debido a sus continuas libaciones. Un médico que desgraciadamente no recuerdo el nombre, lo llevó a la clínica del Open Door para someterlo a un tratamiento. Dentro del establecimiento, tanto médico como enfermeros trataban de hacerle grata su permanencia, haciendo la “vista gorda”, cuando Holiken emprendía sus escapadas a Santiago.

Este mismo médico lo encontró una noche botado en las gradas del “Barcarola”, bar de la calle San Diego. Lo llevó a su casa, le dió alojamiento por algunos días, regalándole un terno, zapatos, calzoncillos, calcetines, corbata y una camisa nueva. Le rogó que volviera a internarse para terminar su tratamiento. Holiken agradecido prometió lo que le pedía, y con unos pocos pesos en el bolsillo, partió para el Café Iris, a grandes zancadas y lleno de elegancia.

Fue recibido con expectación. Para hacer honor a su indumentaria invitó a una taza de café a un grupo de sus amigos y partió, sin un centavo, a cumplir la palabra empeñada. Orgulloso como era, no quiso pedir unos pesitos prestados y emprendió caminando su regreso al Sanatorio. Tomó por camino a Puente Alto, doblando por Casas Viejas. Rendido se detuvo en el paradero de La Florida. En Rojas Magallanes, a pocos pasos de la carretera, vio un letrero que rezaba: “Restaurante”, anunciando ricas empanadas de horno. Se le hizo agua la boca. En el mesón trabó conocimiento con el dueño, y entre la charla propuso: - ¿qué le parece si le dejo la chaqueta a cambio de unas seis empanaditas? – el hombre codicioso miró la prenda, - como no señor, lo que usted quiera y ordenó a un mozo de impecable tenida se pusiera a sus ordenes. Ahí también quedó la camisa y la corbata de propina. A pocas cuadras de su destino, otro “Boliche” lo atrajo como un imán. Esta vez la pizarra anunciaba: “rica chicha de curtiduría”. Ya no aguantó más. Entró, - por una jarra bien helada podría dejar los zapatos -, y ésta vez también aceptó el dueño. Con un papel y un lápiz se ganó la simpatía de los parroquianos haciendo sus caricaturas. Los tragos le llovieron. Con una “mona” espantosa y un falso amigo, emprendió la retirada. A la vuelta de la esquina el “amigo” le había robado sus últimas prendas. Cuando golpeó la puerta del Open Door, la voz soñolienta del portero preguntó. ¿Quién es?. Nuestro protagonista, que con el frio se le había espantado la mona y al verse a salvo recobró su buen humor, contestó lleno de gracia: ¡Adán!.

Honraba el Open Door. Solían permitirle que visitara Santiago. Oly, el delicioso, el enternecido compañero , arribaba, infaltablemente al café “Iris“, donde se hartaba de cerveza. Era pintor. Dedicaba sus dibujos de café con sendas frases en inglés. Cuando los dineros escaseaban, Oly recurría a un sistema infalible para conseguirlo: se cocía una cruz negra, pespunteada de blanco en la solapa del vestón, y ambulaba, gimiendo su luto, duelo de una inextinguible familia, por las mesas de los restaurantes y cafés:

Felices los que pueden reír... Yo acabo de perder a mi madre.... – canturreaba.

Al finalizar su tournée sobraba el dinero, que Oly distribuía, luego, a los niños zaparrastrosos de la Alameda, con magnífico gesto de monarca.

El poeta dominicano le proporcionó un aya a Oly Kemps: la magnífica amiga y arquitecto Inés Floto.

 

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Este contenido es parte de los manuscritos del libro Puelche, que María Lefebre preparaba antes de su partida.

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