Artículos de Opinión

Siempre fue parco en palabras. Partir o regresar, en él se confundían. Era el visitante que nos sorprende, el ausente del que nunca sabemos su ruta.

Un día Roco, en la residencia de su maestro, Juan Francisco González, dijo a Maruja Rojas: - me gusta tu perfil, empezaré mañana tu retrato.

Lo esperamos inútilmente. Regresó cuatro años más tarde.

Nos volvimos a encontrar visitando a la familia Gonzáles, Maruja aún vivía con ellos.

Hola – saludó Roco, como si acabara de partir y abriendo su caja de pinturas se colocó frente a su modelo. Estudió las luces, corriendo las cortinas, apagó los reflejos de los vidrios de las ventanas.

Así está mejor – murmuró – al maestro le desagradaban esas luces encendidas.

Estaba contento, venía llegando de Colombia. El entusiasmo le hizo perder la parquedad. Habló con admiración de los negros, de las faenas de los cafetales, de la exuberancia de esa tierra, del folklore, de sus leyendas, de los Zombi, cuerpos sin consistencia, del papa-loi hechicero ladrón de almas y por fin del peyote, arbusto oriundo de Colombia, que da a sus adeptos la visión del color, por eso es llamada la droga de los pintores. Terminó su narración cuando el retrato se perfilaba en el bosquejo. “No estoy conforme - dijo – “otra vez te haré algo mejor”; salió de la habitación, dejándonos maravillados, desde el balcón lo miramos alejarse.

No volví a verlo. Corrieron los años. Supe que regresó cansado, lo había tratado mal la vida. El palacio de Bellas Artes de Viña del Mar, le creó una cátedra de pintura, afianzando así su tranquilidad económica, no obstante se mostraba insatisfecho. El paisaje, era ante sus ojos como un espejo quebrado en pequeños trozos, aislaba caminos sin horizontes. Su tan característica técnica pictórica, a base de brillantes verdes y ricos matices en rojo denotaban ahora su tristeza en grises pinceladas que parecían enlazar sus sueños a una oscura realidad. Y llegó el día en que enfrentó sus pasos hacia el perdido horizonte.

Fue su ultima escapada, ésta vez sin retorno. ¿Acaso el peyote le mostró cielos ignorados? ¿Acaso el papa-loi reclamó su alma?. Sólo el mar supo su secreto, guardando su paleta abandonada en una roca...

 

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Este contenido es parte de los manuscritos del libro Puelche, que María Lefebre preparaba antes de su partida.

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